31 minutos han pasado desde que decidí desconectarme.
Unas 7 canciones, la mayoría completas, a otras no le soporto su segunda mitad.
Pensando en ese abrazo, todo gira en torno suyo. Es todo un acontecimiento.
Invoqué tu pensamiento y recibí tu mensaje; no tengo saldo, no puedo contestar.
Ayer hablamos de nada y de todo, mucho rato. Significa más la voz que las palabras. Percibo el color de tus mejillas y el mismo brillito de tu mirada. Pero el teléfono murió.
Anteayer llegaste. Sin táctica observable. Sólo bajo tu piel. Evadiéndonos los ojos con temas vanales. Desesperaste. Pronunciaste un vámonos que no olvido, y me arrancaste las ganas de quedarme en casa.
Fuimos a lo más lejos. Fuimos. Pero no nos quedamos, no cabíamos ahí.
Llegamos a otro lugar. Empezaba a refrescar, bebimos hielo. Bebimos historias de infancia. Nos bebimos los sentidos. El frío estaba afuera.
Desesperaste. Lentamente empleaste el tono de tu anterior vámonos y me pusiste a pensar. Emané palabras mías, de esas que no digo. Y creo que me comprendiste.
Salimos, iban a cerrar, después de las 3 horas de tiempo extra de aquel lugar de ideas. Tiesto al oído y a la vista, tus ojos.
Helado abrazo de la noche, sin suéter apresuré al auto. Tú como si nada.
Llegamos pronto, aún no comprendes que entre más rápido lleguemos, más pronto dejaremos de vernos. Vernos acaso, si dejaramos de esquivarnos.
Hora del desenlace. Bueno, el adiós de siempre, con una cereza: ¡el abrazo!
Ese abrazo: abracito, lo completas, estas más tibio y yo tiemblo de frío, te acomodas, me acomodo, tu cara cabe en mi cuello y tus manos en mi espalda. Se me quita el frío y digo tonterías. ¿Nos quedamos así?....
El abrazo aguantó en su recuerdo todo el día. El abrazo duró con su añoranza también este día. El abrazo sigue vigente. También en mis entrañas.
Unas 7 canciones, la mayoría completas, a otras no le soporto su segunda mitad.
Pensando en ese abrazo, todo gira en torno suyo. Es todo un acontecimiento.
Invoqué tu pensamiento y recibí tu mensaje; no tengo saldo, no puedo contestar.
Ayer hablamos de nada y de todo, mucho rato. Significa más la voz que las palabras. Percibo el color de tus mejillas y el mismo brillito de tu mirada. Pero el teléfono murió.
Anteayer llegaste. Sin táctica observable. Sólo bajo tu piel. Evadiéndonos los ojos con temas vanales. Desesperaste. Pronunciaste un vámonos que no olvido, y me arrancaste las ganas de quedarme en casa.
Fuimos a lo más lejos. Fuimos. Pero no nos quedamos, no cabíamos ahí.
Llegamos a otro lugar. Empezaba a refrescar, bebimos hielo. Bebimos historias de infancia. Nos bebimos los sentidos. El frío estaba afuera.
Desesperaste. Lentamente empleaste el tono de tu anterior vámonos y me pusiste a pensar. Emané palabras mías, de esas que no digo. Y creo que me comprendiste.
Salimos, iban a cerrar, después de las 3 horas de tiempo extra de aquel lugar de ideas. Tiesto al oído y a la vista, tus ojos.
Helado abrazo de la noche, sin suéter apresuré al auto. Tú como si nada.
Llegamos pronto, aún no comprendes que entre más rápido lleguemos, más pronto dejaremos de vernos. Vernos acaso, si dejaramos de esquivarnos.
Hora del desenlace. Bueno, el adiós de siempre, con una cereza: ¡el abrazo!
Ese abrazo: abracito, lo completas, estas más tibio y yo tiemblo de frío, te acomodas, me acomodo, tu cara cabe en mi cuello y tus manos en mi espalda. Se me quita el frío y digo tonterías. ¿Nos quedamos así?....
El abrazo aguantó en su recuerdo todo el día. El abrazo duró con su añoranza también este día. El abrazo sigue vigente. También en mis entrañas.
Tras el tercer párrafo, no resistí y me volví a conectar. Pero entonces si estabas tú.

No hay comentarios:
Publicar un comentario